Melacolía

viernes, 30 de julio de 2010

Perdemos a mucha gente durante el camino.

Muchos nos negamos lo evidente, ya que no queremos afrontar los momentos oscuros que nos toca vivir en nuestro juego. No queremos afrontar las pérdidas, no queremos llorar…

Personalmente me considero una persona cobarde, ya que yo soy de las que creen firmemente que pedir ayuda o llorar son signos de debilidad; es por eso por lo que prefiero abandonar el sentimiento de dolor, tristeza o melancolía cuando estoy en público y sumirme en él cuando estoy en mi soledad. Probablemente habrá muchos como yo, y muchos otros que lo son pero que no lo admiten.

Es difícil perder a quienes amamos, los que han estado a nuestro lado siempre y nos han dado su apoyo, cariño y amor pasase lo que pasase.

Hoy me he dado cuenta de que las personas no nos dejan, simplemente siguen a nuestro lado eternamente sin que nosotros les percibamos…

Llevo diez años enfadada con mi abuela y ella no lo sabe, básicamente porque está muerta. Lo más lógico sería que la perdonase, pero lo que me hizo no tiene perdón: dejarme. Murió y yo no pude estar con ella, y me arrepiento de ello. Ella era lo que más quería en este mundo, era lo más importante para mí. Ella merecía que el mundo se rindiera a sus pies; se encargaba de la casa, de 4 hijos y de 2 nietas. Quería a mi abuelo más que a su propia vida…. Y se fue sin más.

Hoy estoy un poquito menos enfadada con ella y la culpa la tiene un simple trozo de pastel. Mi abuela hacía un bizcocho que me encantaba, y desde que murió, absolutamente nadie ha sabido hacerlo como ella lo hacía. Era esponjoso, gordito y muy dulce. Comer un bocado de ese pastel te hacía olvidar todo lo malo por un instante, igual que ella.

Hoy no ha sido un buen día, pero ha transcurrido más o menos como cualquier otro día; he cenado y mi tía ha traído a casa un bizcocho que le habían regalado… era exactamente igual que el que hacía mi abuelita, y ha sido entonces cuando lo he comprendido todo.

Las personas no nos abandonan. Desaparecen por un tiempo y, a pesar de que ya no las vemos nunca, están siempre con nosotros… en las pequeñas cosas de la vida; un olor, un color, una canción, un pastel, un plato de comida, una camiseta vieja, una foto envejecida… todo eso nos recuerda a las personas que amamos, y, aunque nos enfademos con ellas por habernos abandonado, ellos siguen con nosotros, en cada momento, en cada instante…

Es por eso por lo que les doy las gracias a todos aquellos que han tenido que desaparecer de mi vida por circunstancias forzosas, porque gracias a ellos soy la persona que soy ahora y por hacerme comprender que ser fuerte no es lo más importante en esta vida.

Dedicado a todas esas almas sin rumbo las cuales, aunque no lo admitan nunca, necesitan a alguien que les de consuelo.

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